1 Y yo, hermanos, cuando me acerqué a vosotros, no lo hice con un hablar {logos: expresión racional} brillante ni mostrando gran sabiduría {sophia: conocimiento práctico}, sino proclamando el testimonio de Dios {Theos, Revelador de Verdad}.
2 Porque resolví no tener conocimiento entre vosotros de cosa alguna, salvo de Jesucristo {Iesous Christos, Salvador Crucificado}, y de este mismo crucificado {estauromenon: ejecutado en cruz romana}.
3 Y yo me encontré entre ustedes en debilidad {astheneia: falta de fuerza}, con temor {phobos: reverencia y aprehensión} y con mucho temblor.
4 Y mi palabra y mi proclamación no descansaron en una persuasión nacida de sabiduría {sophias: conocimiento superior griego}, sino en una demostración del Espíritu {pneumatos, Presencia Viva} y de poder.
5 A fin de que la fe que ustedes tienen no se apoye en la sabiduría {sophia: conocimiento humano} de los hombres, sino en el poder que viene de Dios {Theos, Fuente de Autoridad}.
6 En cambio, lo que exponemos es una sabiduría entre los maduros {teleios: completamente desarrollados}, una sabiduría que no pertenece a este siglo {aion: era actual} ni a los gobernantes de esta época, que están siendo reducidos a nada.
7 Más bien exponemos una sabiduría que procede de Dios {Theos, Fuente Suprema de Sabiduría}, en forma de misterio, la sabiduría oculta {apokekrymmenen: escondida intencionalmente} que Dios determinó de antemano, antes de las eras, para nuestra gloria.
8 Ninguno de los gobernantes {archonton: autoridades influyentes} de esta época conoció esta sabiduría; porque, de haberla conocido, no habrían crucificado a aquel que es el Señor de la gloria {Kyrios tes doxes, Cristo Exaltado}.
9 Sino que, como está escrito: «Lo que ningún ojo ha visto, lo que ningún oído ha escuchado, y lo que nunca subió al corazón del ser humano, eso es lo que Dios {Theos, Revelador de Misterios} preparó para los que le aman {agaposin: amor devoto y sacrificial}.»
10 Porque a nosotros Dios {Theos, Revelador Divino} nos las dio a conocer por medio del Espíritu {pneuma, Presencia Reveladora}, ya que el Espíritu examina todas las cosas, incluso las profundidades de Dios.
11 Porque, en realidad, ¿quién de entre los seres humanos {anthropon: humanidad en general} conoce lo propio del hombre, si no es el espíritu del hombre que habita en él? De la misma manera, nadie ha llegado a conocer lo que es propio de Dios, sino el Espíritu de Dios {pneuma tou theou: Presencia Interior Reveladora}.
12 Nosotros, en cambio, no acogimos el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios {Theos, Revelador Sabio}, para que lleguemos a comprender las cosas que Dios nos ha otorgado {kharisthenta: dado gratuitamente}.
13 De estas cosas también hablamos, no con discursos moldeados por sabiduría humana {anthropines sophias: entendimiento meramente humano}, sino con expresiones que provienen de la enseñanza del Espíritu {pneuma: Maestro Divino de verdad}, poniendo en relación lo espiritual con lo espiritual.
14 En cambio, el ser humano que solo es natural no acoge lo que procede del Espíritu de Dios {Pneuma Theou, Revelador Divino}, porque a sus ojos todo eso es necedad {moria: insensatez aparente}; y tampoco tiene capacidad para conocerlo, ya que solo se discierne de manera espiritual.
15 Por su parte, quien es espiritual {pneumatikos: guiado por el Espíritu Santo} discierne todas las cosas, pero él mismo no es sometido {anakrino: examinado a fondo} al escrutinio de nadie.
16 Porque, ¿quién ha llegado a conocer la mente {nous: modo de pensar divino} del Señor {Kyrios, Poseedor de Sabiduría} como para poder instruirlo? Sin embargo, nosotros poseemos la mente de Cristo {Christos, Sabiduría Revelada}.